viernes, 22 de febrero de 2013


Grasas, sal y aditivos químicos

Comida basura también produce adicción

                                                                          Oscar Lépiz Villegas

¿Sabía Ud. que el comer compulsivamente comida chatarra o basura, servida principalmente en los restaurantes “fast food”, activa los mismos mecanismos moleculares del cerebro que favorecen el consumo de las drogas? La realidad, según científicos, es que Ud. se puede convertir en adicto a esa “comida”.

De acuerdo con una investigación realizada por The Scrips Research Institute de Estados Unidos, esta comida se hace necesaria para los que frecuentan estos negocios. Así como hay adictos a las drogas, al trabajo, también los hay a la comida basura. Por eso lo que esos expendios pretenden a través de la publicidad es que vuelvas y con frecuencia.

Si bien la comida rápida ya se servía en la antigua Roma en lugares callejeros (panes con olivas) y en el Medio Oriente (falátel), fue en 1912, cuando se abrió el primer “automat”, local que vendía comida detrás de una ventana y una ranura para pagar.

Algunos han llamado a este conjunto de comidas cargadas con excesiva sal, grasas, melazas y aditivos, el verdadero eje del mal, que flagela y enferma, especialmente a los más jóvenes.

Más temprano que tarde estas comidas producen una serie de enfermedades, entre las que destacan según especialistas en salud, alergias, hiperactividad, cáncer, tumores cerebrales, parkinson, esterilidad y enfermedades cardiovasculares, entre otras.

 

Comida basura

Todos los seres vivos necesitamos comida sana, nutritiva y en cantidad y componentes apropiados, que nos  aseguren calidad de vida, salud y no enfermedad.

Al comer comida basura lo que estamos consumiendo es una cantidad excesiva de grasas, sal, azúcar, colesterol y grandes cantidades de aditivos químicos, potenciadores del sabor y del color, que provocan sed y las ganas de beber (refrescos).

Se trata de un “alimento” que no solo encontramos en los restaurantes de comida rápida, sino también en muchos productos precocinados y enlatados, refrescos, salsas y en muchos otros artículos que adquirimos en el supermercado.

Atiborramos nuestro cuerpo de comida basura, pensando más en el tiempo que ahorramos y en las apariencias que en las consecuencias negativas para nuestra salud.

Al vivir en una sociedad caracterizada por la prisa y las carreras, esta manera de vivir afecta nuestra alimentación; así dedicamos menos tiempo a la preparación de la comida que nos alimenta, y echamos mano, muy a menudo, a alimentos grasosos, cargados de sal y aditivos, que más temprano que tarde  nos pasarán la factura.

De acuerdo con expertos un combo grande de comida basura (hamburguesa doble con queso, papas fritas, bebidas y postre), puede contener unas 2200 calorías que requerirán correr una maratón para gastarlas.

La comida basura es una mercancía más, que para obtener grandes ganancias se debe vender a gran escala, sin importar su valor nutritivo; lo que realmente importa es lograr el mayor consumo posible de parte de la población, para incrementar el lucro.

Abundancia de sal y  grasas

Uno de los componentes pesados de esta clase de comidas, que repercuten seriamente en la salud, es la sal, considerada como un gran condimento. Decía alguien por ahí que comerse una hamburguesa y unas papas fritas sin sal, es como comer pedazos de cartón; sería algo desagradable. La comida basura está sobrecargada de sal, y esto con una intencionalidad: la de producir sed.

De esta manera las compañías de comida chatarra aseguran que sus comensales no puedan seguir engullendo “aquel delicado platillo,” si no tienen a mano refrescos. Todo está calculado. Entre más sal, más sed, más negocio, y más daño a la salud.

Al generar sed, la sal se convierte en un generador más de utilidades para las empresas de comida basura.  

Según especialistas en salud las grasas son importantes, pero nunca en las cantidades como las que se encuentran en la comida basura. Es reconocido por científicos que la gran cantidad de grasas, sobre todo  las trans-saturadas que caracterizan estas comidas, tienen una correlación directa con la obesidad y otras enfermedades.

Comida basura y aditivos químicos

Según nutricionistas más que alimentos, lo que ingerimos y bebemos, en su gran mayoría, son grandes dosis de aditivos químicos, entre los que destacan conservantes, colorantes, estabilizantes, espesantes, reguladores de acidez, almidones modificados, antioxidantes,y potenciadores del sabor, que alteran el alimento en función de los intereses económicos de la industria. Se trata de hacer dinero a costa de la salud. 

De esta manera se destacan tres cosas muy importantes para los consumidores: darle al producto un olor más atractivo, brindarle la apariencia de recién hecho, y coronarlo con un intenso sabor.

El objetivo de todo esto es lograr ventas masivas para multiplicar las ganancias.

Según Mario Chávez, biólogo de la Universidad Xaveriana de Colombia, con la firma de los tratados de libre comercio han entrado a nuestros países miles de productos de comida basura, acompañados de grandes cantidades de aditivos químicos que ponen en riesgo nuestra salud.

Los más afectados por estas sustancias son nuestros hijos, ya que las dosis de estos aditivos se pensaron para personas entre 60 y 70 kilos; pero lo más grave es que nuestros niños menores también los consumen, pesando apenas entre 20 y 30 kilos, lo que triplica los daños a su salud.  

Consecuencias para el cerebro

Un cerebro mal alimentado, que no ha recibido los nutrientes necesarios y la oxigenación adecuada para responder a sus exigencias, empieza a presentar problemas a nivel cognitivo. En ese sentido se habla de niños con dificultades de comprensión, en lectoescritura y en el campo de los números.

Se trata entonces de un asunto relacionado con una mala alimentación, con la comida basura y no de un problema cerebral.

Expertos enfatizan que un  cerebro mal alimentado no rinde de manera óptima y comienza a presentar problemas en el área del conocimiento.

Glucosa, hidratos de carbono de absorción lenta, pastas integrales, cereales, y legumbres, entre otros, son los nutrientes que el cerebro necesita digerir, para alcanzar la energía necesaria que asegure el bienestar mental y emocional.

Especialistas en salud hacen un llamado a maestros y profesores para que reflexionen con alumnos y padres de familia sobre la importancia y necesidad de una sana alimentación, que proporcione al cerebro los nutrientes  requeridos que favorezcan un trabajo eficiente en el campo del conocimiento.

Declaraciones de científicos estadounidenses destacan que al ingerir de manera compulsiva comida basura, se activan los mismos mecanismos cerebrales que favorecen el consumo de drogas duras, como la cocaína o la heroína.

Aseguran  también que el desarrollo de la obesidad encaja con el progresivo deterioro de los circuitos cerebrales de la recompensa, parecidos a los que se han observado en casos de dependencia a aquellas drogas.

Somos lo que comemos. Si consumimos productos elaborados con altas dosis de edulcorantes, colorantes, pesticidas y fitosanitarios, entre  otros, que nos convierten en adictos a la comida basura, que no alimenta, más temprano que tarde, experimentaremos serias consecuencias en nuestra salud.

Nutricionistas señalan también que comer una hamburguesa, una pizza o algún plato precocinado de vez en cuando no conlleva, en general, ningún riesgo a nuestra salud, pero integrar esa clase de comida en nuestra dieta habitual, si afectaría nuestra salud.

Otras consecuencias

Investigaciones recientes destacan que el consumo continuo de aditivos químicos presentes en la comida chatarra puede provocar alergias, hiperactividad infantil, y situaciones de sobrepeso, que se han incrementado en los últimos años.

De  acuerdo con una investigación realizada en la Universidad Southampton, a petición de la Agencia de Estándares Alimentarios de Gran Bretaña, y divulgada en The Lancet, se comprobó la relación entre el consumo de ciertos aditivos químicos, por parte de niñas y niñas con el incremento de la hiperactividad.

La periodista francesa Marie  Monique Robin, en su artículo “Nuestro veneno cotidiano” informó de  las consecuencias en nuestro organismo de una agricultura adicta a los fitosanitarios y de una industria alimentaria enganchada a los aditivos químicos.

El resultado es claro: incremento de enfermedades como el cáncer, tumores cerebrales, esterilidad, parkinson … producto, entre otros,  de un modelo agrícola alimentario sometido a los intereses del capital.

Uno se pregunta, cómo es posible que la industria agroalimentaria siga empleando un edulcorante no calórico como lo es el aspartamo, en productos light, 0,0% sin azúcar, cuando se ha comprobado que su consumo persistente puede provocarnos cáncer.

A cada uno de nosotros le  toca escoger, o disfrutamos con los seres queridos una vida sana, con calidad, consumiendo los alimentos adecuados y en cantidades apropiadas (lácteos: leche, yogurt, quesos), vegetales y frutas de estación, entre otros,) o morimos en una cama, de alguna enfermedad cardiovascular, o de una cáncer en el estomago, por citar solo dos males, consecuencia de la comida basura. (grasas, sal, colorantes, aditivos químicos, preservantes …).

Profesores y maestros, no olviden que su compromiso educativo con los estudiantes y padres de familia, se relaciona también con la elección de una sana alimentación, que brinde al cerebro los nutrientes requeridos y la oxigenación adecuada, que aseguren un apropiado trabajo intelectual y emociónal, y una vida con calidad.

¡De lo que se trata es de querer vivir, o de escoger morir!

 

 

            

 

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