viernes, 23 de septiembre de 2011

Vivir una vida buena, feliz y solidaria

La vida buena, feliz y con sentido que queremos es un nudo de relaciones productivas


                                                                                                                                 Oscar Lépiz Villegas

Vivir una vida buena, feliz y con sentido se aprende, al igual que se aprende a caminar y hablar. Vivir esta vida es un arte, y las artes se aprenden; por supuesto no hay que descuidar su aprendizaje, pues correríamos el riesgo de desperdiciarla, y de pronto de perderla.

Vivir esa vida buena, no nos libra ni de errores ni de equivocaciones, pues como humanos que somos los vamos a cometer, pero si debemos aprovecharlos, pues son fuente de aprendizaje.

La vida es un nudo de relaciones nos decía Krishnamurti. Relaciones con el ambiente, con los otros y con nosotros mismos. Si de verdad queremos vivir bien estas relacione activas y productivas debemos vivirlas en armonía y equilibrio.

Si esas relaciones con los otros y el ambiente no funcionan, si no se desarrollan en armonía, el gozo y el sentido de la vida comienza a perderse, los conflictos y los problemas inician su trabajo y el estrés y la depresión se adueñan de nuestra existencia, echándolo todo a perder.

Así la duda se asienta en nuestros días, y preguntas, como para qué vivir, tendrá sentido la vida o será más bien un absurdo, emprenden su trabajo de destrucción.

Llega entonces el momento de cambiar de rumbo, dejar de mirar hacia afuera y ver hacia dentro, hacia nuestra interioridad, y experimentar cómo nos sentimos con la vida que estamos viviendo y de preguntarnos qué tan a gusto y qué tan contentos nos sentimos.



Mis relaciones con el ambiente.

Si mi calidad de vida, su sentido y alegría dependen también de esas relaciones, preguntémonos, cómo me relaciono con el medio ambiente.

¿Cómo es mi trato con las plantas, los árboles, los bosques y las aves? ¿Las cuido, las protejo y las amo?

Y con el agua, ¿mi relación es de cuido y de agradecimiento, o de desperdicio?

¿Cómo soy con los perros, los gatos, los conejos y demás animales domésticos, los cuido o los agredo?

… y con los ríos, los mares, los lagos…. los parques y los refugios (Gandoca), los protejo y defiendo de la voracidad de ciertos urbanistas, empresarios y políticos que quieren desaparecerlos con el afán de hacer cada vez más dinero.

Somos parte del ambiente, y tratarlo mal e irrespetarlo, es irrespetar y menospreciar nuestra propia vida.

Y con los otros

¿Cómo es mi relación activa y productiva con los otros? ¿Con qué medida los mido? ¿Discrimino y excluyo de mis relaciones a los que no piensan y opinan como yo? ¿Irrespeto su derecho a un ambiente sano, su derecho a vivir una vida saludable, solo para sentirme bien?

¿Cuál es mi reacción ante los pobres y niños de las calle o de los tugurios de mi país? ¿Los ignoro o me solidarizo con ellos?

¿Qué merito tengo si solo saludo y trato bien a los que me saludan y aman? Hace poco me decía una campesina, qué rara debe ser la vida en la ciudad, allí viven unos a la par de otros y ni siquiera se saludan.

No olvidemos que somos seres sociales, que somos interdependientes unos de otros, y que nuestra vida no tiene sentido sin los demás. Para llevarnos bien con los otros, debemos aprender a ser amigos de nosotros mismos, así nuestro yo quedará satisfecho y nos dejará en libertad para llevarnos bien con ellos, como nos recuerda Bonet.

Sobre estas y otras cosas debemos reflexionar si queremos tener una vida buena, con sentido y alegría

También soy parte de ese trío

El amor y el cuido comienza por casa, y cada uno de nosotros somos esa casa. Por eso debo cuidarme de lo que como y bebo.

Debo cuidarme de la comida rápida, del cigarrillo, del licor y las drogas. La vida buena que quiero y merezco depende en gran medida de la atención que preste a estas cosas.

Despreciarse a sí mismo, pensarse un ser sin valor e indigno de ser amado es fuente de la mayor parte de nuestros problemas.

El quererse a uno mismo, el amarse y respetarse afecta nuestra manera de estar y de actuar en el mundo, así como nuestras relaciones con los demás, enfatiza Bonet.

Por eso si no me valoro, si no tengo presente y aprecio mis cualidades y si no acepto serenamente mis limitaciones e imperfecciones; con facilidad caeré en la inseguridad, el desaliento, la desconfianza y la manipulación.

Asegura que el no hacerlo hará más complicado enfrentar y superar los problemas de cada día, y casi imposible iniciar proyectos que valgan la pena.

Para asegurar entonces una buena vida con sentido y alegría debo vivir en armonía con el ambiente, con los demás y con nosotros mismos.

Hay que aterrizar

La vida se vive en el planeta tierra. Para los ticos que estamos aquí, se vive en Costa Rica. Por eso en esta búsqueda del sentido de la vida, no hay que tener miedo a enfrentarse con la sociedad que nos ha tocado vivir: la sociedad del tener, del consumismo, de la competencia desigual e inhumana en la que nuestra libertad, uno de los valores más preciados, ha sido sustituida por la libertad del mercado.

Qué difícil encontrar ese sentido, cuando el bienestar de todos, al cual tenemos derecho, ha sido aniquilado por el capitalismo salvaje, y su lugar ocupado por el bien de unos pocos. El egoísmo barato nos rodea por todas partes, por eso tengamos cuidado porque todo se nos puede pegar.

Es escandaloso e injusto, pues va contra todos los derechos, que el 80% de la riqueza del mundo esté en manos de un 20%, de un pequeño grupo, que todo lo tiene y en abundancia; mientras que el resto, el 80 % de la población, la inmensa mayoría, tiene que contentarse con las migajas que caen de la mesa de sus “amos”.

Los valores que le han dado sentido a la vida, como la justicia (la defensa de los derechos de las mayorías), la equidad, la solidaridad (el no dejar solo a nadie con su pobreza, su dolor y exclusión), el amor, la bondad, la honestidad, por mencionar unos cuantos, hoy son ignorados, y su lugar ocupado por el tener, el consumismo (vale el consumista), la competencia desigual e inhumana y el mercado, señor y dueño de todo lo creado, que regula y resuelve todo.

Vivimos en medio de una situación crítica: o nos unimos para cuidar nuestra casa común, la tierra y cuidar unos de otros, o nos exponemos a nuestra propia extinción, y desaparición de toda vida. Ojo, que por aquí anda el sentido de la vida que andamos buscando.

Como decía el escritor español Savater, “hay muchas maneras de vivir, pero hay maneras que no dejan vivir”.

No hay más salida que la de ser solidarios, cuidando unos de otros, sin dejar a nadie solo, y actuando conjuntamente y de manera responsable; poniendo límites a nuestra voracidad, comprometiéndonos con el bienestar humano y ambiental o nos esfumamos todos.

Aquí los valores de la autolimitación (poniendo cada uno sus propios límites) y de la justa medida, que ya practicaron otras civilizaciones, nos prestarán una gran ayuda en la protección de nuestra casa común, nuestra querida tierra, y en el cumplimiento de los intereses y derechos de todos los seres vivos, como nos recuerda Leonardo Boff.

Se trata entonces de consumir de manera responsable y solidaria para vivir una vida plena, teniendo en cuenta a todos los seres humanos, y a todos los seres vivos, los de ahora y los que vendrán.

Usemos nuestra libertad y no permitamos que las fuerzas del mercado decidan por nosotros.

Todavía tenemos la oportunidad de elegir y de salvarnos junto con nuestro planeta tierra:

Mercado o vida

Consumismo o consumo responsable y solidario

Exceso o autolimitación y justa medida.

Competencia desleal e inhumana o cooperación

Individualismo y bienestar de unos pocos o bienestar social para todos.

No olvidemos que la vida buena es un nudo de relaciones productivas con los otros, el ambiente y con nosotros mismos.