La Patria que soñé
Oscar Lépiz Villegas
Soñé que podía soñar. Soñé sueños de libertad, de justicia, de solidaridad y de equidad. Soñé entonces con una patria nueva, diferente, con un proyecto de país, con políticos diferentes, que anteponían los intereses del pueblo a los intereses de sus partidos.
Soñé también que los sindicatos, cada uno con su propia identidad, se unían y trabajaban en torno a aquel proyecto buscando lo mejor para los trabajadores y para el pueblo; lo mismo hacían los distintos grupos religiosos, comprometidos en un trabajo ecuménico, trabajaban por el bien de sus comunidades y de la nación, inspirándose y fortaleciéndose con las enseñanzas y valores de sus orígenes.
En el sueño soplaban vientos de cambio por todo el país, despojando a los ciudadanos, niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad e instituciones de prejuicios, egoísmos, indiferencias y programaciones. Todos colaboraban para que aquel proyecto se hiciera realidad, gobierno, poderes, familia, comunidades cristianas, escuelas y colegios, universidades y distintos grupos sociales. Costa Rica realmente era un país unido.
Las instituciones y por supuesto la Patria se rejuvenecían y se comprometían con entusiasmo con aquel proyecto de país, que tenía como eje fundamental a la personas humana, su cuidado y su desarrollo, sobre todo, de los más débiles y vulnerables.
Proyecto de país
En realidad no teníamos ningún proyecto de país, no sabíamos hacia dónde íbamos. Dábamos golpes al aire. Habíamos olvidado que solo caminando se hace camino. Propuestas e iniciativas de trabajo las había por todas partes, sin rumbo, dispersas y sin ninguna coordinación.
Alguien por ahí quería hacer de Costa Rica un país del primer mundo firmando tratados de “libre” comercio, en situaciones de desventaja con los países desarrollados. Se pensaba que entre más tratados se firmaran, más desarrollados íbamos a ser. Los empresarios llamaron la atención al Ejecutivo para que cesara esa carrera.
Otros abriéndose a las corrientes privatizadoras en boga, hablaban de privatizar puertos, concesionar carreteras, abriendo instituciones como el ICE a la competencia, sin preguntarnos siquiera, cuál era el país que queríamos.
Omar Dengo hubiera dicho que ese proyecto había que soñarlo, quererlo y construirlo. ¿Cómo nos imaginamos, cómo queremos que sea la Costa Rica de nuestros sueños?
Algunos ya la imaginaban como un país desarrollado, con grandes autopistas, lleno de rascacielos, con mega puertos, interconectado de norte a sur y de este a oeste por trenes modernos; y por qué no, con equipos de futbol del primer nivel, para que el nuevo estadio nacional tuviera sentido.
Otros pensaban en un país con excelentes planes de desarrollo en armonía con el ambiente, con ciudadanos responsables, jóvenes libres, pensantes y creativos, fruto de un nuevo sistema educativo personalizado, no centrado en exámenes, con profesores bien formados producto de universidades serias y académicamente excelentes. Un país que brinda a su población servicios públicos de primera: agua, educación, salud, electricidad y telecomunicaciones.
No faltaba quienes pensaban en una nación con ciudades con un desarrollo urbano ordenado, con excelente servicio de buses y de trenes. Un país con una verdadera democracia, no simplemente electoral, como lo es hasta el momento; sino con una democracia económica y social, donde el pueblo realmente tomaba decisiones.
¿Será este el país que queremos? ¿Hacia dónde estamos permitiendo que nos lleven nuestros dirigentes? Nos quejamos de la situación actual, pero los dejamos hacer.
¿Por qué se dice que es urgente tener un proyecto de país? Es necesario saber hacia dónde queremos llegar. Tener un panorama claro de nuestras necesidades y capacidades. Saber cuál es el país que queremos, para no desperdiciar nuestros recursos, nuestro tiempo, nuestros talentos.
En nuestra nación lo bueno, lo que nos puede llevar adelante se entraba y se frena, pues todo tiene color de partido. Se defiende lo indefendible y se destruye lo que realmente vale la pena.
Urgen principios y valores comunes que nos ayuden a salir de la postración social, ecológica, económica y política en que estamos. Hay cosas que remediar, pero ordenadamente, con fin: la corrupción, la inseguridad, la delincuencia, el caos vial, mal estado de caminos de calles y carreteras, pobreza, niños en las calles, prostitución infantil, desempleo; una Caja del Seguro débil, con las mismas colas de siempre en consulta externa, citas, operaciones; comunidades sin agua; un sistema educativo deficiente sin calidad; universidades que no convencen, que no pesan en el país; ciudades sin hidrantes a pesar del impuesto cobrado, y, en general, un pueblo dividido, haciéndole el juego a los políticos.
¿En qué nos ayudará tener un proyecto de país?, se preguntan los más interesados. Los expertos responden, en principio, para saber hacia dónde vamos, qué buscamos y con qué contamos; para dejar de dar golpes al vacío, para terminar con el desperdicio de recursos y para darnos cuenta que si seguimos desunidos y divididos, nada podemos hacer.
Llama la atención la opinión de un experto al afirmar que no habrá proyecto de país si no hay una memoria colectiva que permita superar las fallas, abusos, omisiones y equivocaciones en el campo de la ética (verdad y justicia en el cumplimiento de los derechos humanos, sobre todo de los excluidos), en el ámbito socioeconómico (superar las desigualdades) y en el político (buscar el bien común).
Tendrá que ser un proyecto de país que beneficie a todos a través de un crecimiento sostenido y un reparto equitativo de la riqueza; que propicie el desarrollo de la nación que queremos, donde la paz que anhelamos sea fruto de la justicia, del respeto de los derechos de todos.
Un proyecto que promueva la productividad, el trabajo digno y bien remunerado, así como la seguridad económica para todos. Además un proyecto que exija y comprometa a las autoridades políticas a administrar la riqueza del país con justicia, para que toda la comunidad nacional pueda cubrir sus necesidades básicas.
Un proyecto que propicie la vivienda digna para los que no la tienen, suficiente oferta de bienes de consumo, buenos servicios públicos (agua, salud, transporte, educación, entre otros) para toda la comunidad nacional.
Los especialistas de las universidades públicas y privadas están llamados a prestar un gran servicio a la Patria nueva, colaborando en la construcción e implementación de este proyecto.
Políticos patriotas
En el sueño pude ver a nuevos políticos con un solo norte, buscar el bien de la Patria, trabajando juntos con el pueblo para hacer realidad aquel proyecto.
Políticos con una nueva visión de partido. El partido para la Patria y no la Patria para el partido. Comprendían muy bien que los partidos políticos existían para el bien del país, y no éste para satisfacer sus intereses.
En la Asamblea Legislativa, en los ministerios y en el Poder Ejecutivo, todo era novedad, todo era diferente, todos cumplían con entusiasmo sus funciones trabajando y aportando lo mejor de sí mismos para el bienestar del pueblo.
El comportamiento y la actitud de los diputados eran diferentes, asistían con puntualidad a las sesiones, escuchando con atención las propuestas de sus compañeros, sin importar de qué partido eran. Había que verlos haciendo propuestas para mejorar los proyectos. Todos tenían muy claro que habían sido elegidos para atender las necesidades del pueblo, para asegurar, mediante la discusión y aprobación de proyectos de ley, el desarrollo del país y la perfección de la democracia.
El país iba cambiando, se iba desarrollando, el trabajo conjunto de los ciudadanos, de los políticos, de los grupos religiosos y de los integrantes de las distintas organizaciones hacía realidad aquel proyecto.
Costa Rica se estaba superando, estábamos creciendo, éramos un pueblo unido, alegre, con calidad de vida, nos estábamos desarrollando en armonía y respeto con el ambiente.
Desperté, el sueño se había disipado. Ahí estaba mi país, con su realidad, con sus políticos desgastados, con sus pobres, sus niños en las calles, sus drogadictos y alcohólicos pidiendo una monedita, sus niños y jóvenes, en su mayoría, aburridos saliendo apresuradamente de escuelas y colegios … y todo lo demás.
La patria nos necesita a todos, hombres y mujeres libres y responsables, con nuevas actitudes, unidos, con lo poco o mucho que cada uno pueda aportar, para construir el país que todos soñamos y queremos.
La Patria que soñé
Oscar Lépiz Villegas
Soñé que podía soñar. Soñé sueños de libertad, de justicia, de solidaridad y de equidad. Soñé entonces con una patria nueva, diferente, con un proyecto de país, con políticos diferentes, que anteponían los intereses del pueblo a los intereses de sus partidos.
Soñé también que los sindicatos, cada uno con su propia identidad, se unían y trabajaban en torno a aquel proyecto buscando lo mejor para los trabajadores y para el pueblo; lo mismo hacían los distintos grupos religiosos, comprometidos en un trabajo ecuménico, trabajaban por el bien de sus comunidades y de la nación, inspirándose y fortaleciéndose con las enseñanzas y valores de sus orígenes.
En el sueño soplaban vientos de cambio por todo el país, despojando a los ciudadanos, niños, jóvenes, adultos y personas de la tercera edad e instituciones de prejuicios, egoísmos, indiferencias y programaciones. Todos colaboraban para que aquel proyecto se hiciera realidad, gobierno, poderes, familia, comunidades cristianas, escuelas y colegios, universidades y distintos grupos sociales. Costa Rica realmente era un país unido.
Las instituciones y por supuesto la Patria se rejuvenecían y se comprometían con entusiasmo con aquel proyecto de país, que tenía como eje fundamental a la personas humana, su cuidado y su desarrollo, sobre todo, de los más débiles y vulnerables.
Proyecto de país
En realidad no teníamos ningún proyecto de país, no sabíamos hacia dónde íbamos. Dábamos golpes al aire. Habíamos olvidado que solo caminando se hace camino. Propuestas e iniciativas de trabajo las había por todas partes, sin rumbo, dispersas y sin ninguna coordinación.
Alguien por ahí quería hacer de Costa Rica un país del primer mundo firmando tratados de “libre” comercio, en situaciones de desventaja con los países desarrollados. Se pensaba que entre más tratados se firmaran, más desarrollados íbamos a ser. Los empresarios llamaron la atención al Ejecutivo para que cesara esa carrera.
Otros abriéndose a las corrientes privatizadoras en boga, hablaban de privatizar puertos, concesionar carreteras, abriendo instituciones como el ICE a la competencia, sin preguntarnos siquiera, cuál era el país que queríamos.
Omar Dengo hubiera dicho que ese proyecto había que soñarlo, quererlo y construirlo. ¿Cómo nos imaginamos, cómo queremos que sea la Costa Rica de nuestros sueños?
Algunos ya la imaginaban como un país desarrollado, con grandes autopistas, lleno de rascacielos, con mega puertos, interconectado de norte a sur y de este a oeste por trenes modernos; y por qué no, con equipos de futbol del primer nivel, para que el nuevo estadio nacional tuviera sentido.
Otros pensaban en un país con excelentes planes de desarrollo en armonía con el ambiente, con ciudadanos responsables, jóvenes libres, pensantes y creativos, fruto de un nuevo sistema educativo personalizado, no centrado en exámenes, con profesores bien formados producto de universidades serias y académicamente excelentes. Un país que brinda a su población servicios públicos de primera: agua, educación, salud, electricidad y telecomunicaciones.
No faltaba quienes pensaban en una nación con ciudades con un desarrollo urbano ordenado, con excelente servicio de buses y de trenes. Un país con una verdadera democracia, no simplemente electoral, como lo es hasta el momento; sino con una democracia económica y social, donde el pueblo realmente tomaba decisiones.
¿Será este el país que queremos? ¿Hacia dónde estamos permitiendo que nos lleven nuestros dirigentes? Nos quejamos de la situación actual, pero los dejamos hacer.
¿Por qué se dice que es urgente tener un proyecto de país? Es necesario saber hacia dónde queremos llegar. Tener un panorama claro de nuestras necesidades y capacidades. Saber cuál es el país que queremos, para no desperdiciar nuestros recursos, nuestro tiempo, nuestros talentos.
En nuestra nación lo bueno, lo que nos puede llevar adelante se entraba y se frena, pues todo tiene color de partido. Se defiende lo indefendible y se destruye lo que realmente vale la pena.
Urgen principios y valores comunes que nos ayuden a salir de la postración social, ecológica, económica y política en que estamos. Hay cosas que remediar, pero ordenadamente, con fin: la corrupción, la inseguridad, la delincuencia, el caos vial, mal estado de caminos de calles y carreteras, pobreza, niños en las calles, prostitución infantil, desempleo; una Caja del Seguro débil, con las mismas colas de siempre en consulta externa, citas, operaciones; comunidades sin agua; un sistema educativo deficiente sin calidad; universidades que no convencen, que no pesan en el país; ciudades sin hidrantes a pesar del impuesto cobrado, y, en general, un pueblo dividido, haciéndole el juego a los políticos.
¿En qué nos ayudará tener un proyecto de país?, se preguntan los más interesados. Los expertos responden, en principio, para saber hacia dónde vamos, qué buscamos y con qué contamos; para dejar de dar golpes al vacío, para terminar con el desperdicio de recursos y para darnos cuenta que si seguimos desunidos y divididos, nada podemos hacer.
Llama la atención la opinión de un experto al afirmar que no habrá proyecto de país si no hay una memoria colectiva que permita superar las fallas, abusos, omisiones y equivocaciones en el campo de la ética (verdad y justicia en el cumplimiento de los derechos humanos, sobre todo de los excluidos), en el ámbito socioeconómico (superar las desigualdades) y en el político (buscar el bien común).
Tendrá que ser un proyecto de país que beneficie a todos a través de un crecimiento sostenido y un reparto equitativo de la riqueza; que propicie el desarrollo de la nación que queremos, donde la paz que anhelamos sea fruto de la justicia, del respeto de los derechos de todos.
Un proyecto que promueva la productividad, el trabajo digno y bien remunerado, así como la seguridad económica para todos. Además un proyecto que exija y comprometa a las autoridades políticas a administrar la riqueza del país con justicia, para que toda la comunidad nacional pueda cubrir sus necesidades básicas.
Un proyecto que propicie la vivienda digna para los que no la tienen, suficiente oferta de bienes de consumo, buenos servicios públicos (agua, salud, transporte, educación, entre otros) para toda la comunidad nacional.
Los especialistas de las universidades públicas y privadas están llamados a prestar un gran servicio a la Patria nueva, colaborando en la construcción e implementación de este proyecto.
Políticos patriotas
En el sueño pude ver a nuevos políticos con un solo norte, buscar el bien de la Patria, trabajando juntos con el pueblo para hacer realidad aquel proyecto.
Políticos con una nueva visión de partido. El partido para la Patria y no la Patria para el partido. Comprendían muy bien que los partidos políticos existían para el bien del país, y no éste para satisfacer sus intereses.
En la Asamblea Legislativa, en los ministerios y en el Poder Ejecutivo, todo era novedad, todo era diferente, todos cumplían con entusiasmo sus funciones trabajando y aportando lo mejor de sí mismos para el bienestar del pueblo.
El comportamiento y la actitud de los diputados eran diferentes, asistían con puntualidad a las sesiones, escuchando con atención las propuestas de sus compañeros, sin importar de qué partido eran. Había que verlos haciendo propuestas para mejorar los proyectos. Todos tenían muy claro que habían sido elegidos para atender las necesidades del pueblo, para asegurar, mediante la discusión y aprobación de proyectos de ley, el desarrollo del país y la perfección de la democracia.
El país iba cambiando, se iba desarrollando, el trabajo conjunto de los ciudadanos, de los políticos, de los grupos religiosos y de los integrantes de las distintas organizaciones hacía realidad aquel proyecto.
Costa Rica se estaba superando, estábamos creciendo, éramos un pueblo unido, alegre, con calidad de vida, nos estábamos desarrollando en armonía y respeto con el ambiente.
Desperté, el sueño se había disipado. Ahí estaba mi país, con su realidad, con sus políticos desgastados, con sus pobres, sus niños en las calles, sus drogadictos y alcohólicos pidiendo una monedita, sus niños y jóvenes, en su mayoría, aburridos saliendo apresuradamente de escuelas y colegios … y todo lo demás.
La patria nos necesita a todos, hombres y mujeres libres y responsables, con nuevas actitudes, unidos, con lo poco o mucho que cada uno pueda aportar, para construir el país que todos soñamos y queremos.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
miércoles, 10 de noviembre de 2010
crisis catastrófica mundial
Queridos amigos y amigas. Quiero compartir con todos ustedes este artículo que encontré en Rebelion.org. Creo que es importante que conozcamos la opinión de expertos sobre la otra cara de la crisis global que vivimos, y también escuchar otras propuestas de solución.
Que lo leamos sin prejuicios, recordando que nadie tiene el monopolio de la verdad.
Oscar Lépiz Villegas
El nuevo libro de Isabel Rauber aborda las búsquedas de una nueva civilización
Dos pasos adelante, uno atrás
István Mészáros
Rebelión
Publicado por Editorial Vadell, Caracas. Puede adquirirse en: http://www.vadellhermanos.com/html/novedades.asp
Dos pasos adelante, uno atrás está prologado por István Mészáros, cuyas reflexiones se exponen a continuación:
"Trataron de negar, hasta el último minuto incluso, la más remota posibilidad de una crisis estructural fundamental del orden de reproducción establecido por el capital. Se esperaba que todos creyéramos que “el mercado siempre se encarga de todo”. Se suponía que los problemas cíclicos periódicos sólo iban a “mejorar la eficiencia del mercado” para beneficio de todos, y así asegurar la dominación del sistema capitalista para siempre.
Sin embargo, a pesar de todos los consuelos preconcebidos, el mercado falló en aquello de “ocuparse de todo”. Al contrario, una masiva crisis financiera global explotó, empujando al Estado capitalista a intervenir en la economía del mundo –contradiciendo directamente los tradicionales principios propagandísticos del idealizado “mercado libre” del “sistema privado de empresas”- con la astronómica cifra de trillones de dólares inyectados a bancos catastróficamente defectuosos y a otras enormes empresas en bancarrota, incluyendo las gigantescas compañías de autos americanas.
Algunas “personificaciones ideológicas del capital”, como los editores de la revista semanal mas influyente en ese campo, The economist, gritaron alto en la portada de su publicación: “Salven el sistema”. Y, para estar seguros, las autoridades estatales en cada uno de los principales países capitalistas hicieron todo lo que estaba en su poder para salvar, tanto como pudieran, al sistema. Y, como era de esperar, hemos sido testigos una vez más de la cínica “nacionalización” de la quiebra capitalista.
Pero incluso, tras la multi-trillonaria inyección de dólares de las operaciones de rescate estatales a la economía mundial capitalista generadoras de endeudamientos crónicos en todos lados, a ser pagados de alguna manera en el futuro- los problemas se resisten a ser resueltos. De hecho empeoran aún más porque las graves determinaciones estructurales subyacentes y las contradicciones de la crisis global son evitadas como las plagas. Las acciones de recuperación están permitidas estrictamente con el propósito de manipular los síntomas, pero se les prohíbe ocuparse de las causas de su empeoramiento.
Al mismo tiempo incontables millones de trabajadores son expulsados del “mercado laboral” para reconstituir mediante las miopes e irracionales prácticas de los llamados “ajustes de plantilla” la inhumana “racionalidad” de la cancerosa expansión del capital a cualquier costo. Esto debe ser perseguido según el orden socioeconómico establecido incluso si eso significa automáticamente ignorar la verdad elemental que las grandes masas de trabajadores que son despedidos para una producción rentable, se necesitan también para un consumo rentable.
De esta manera la producción de despilfarro y destructividad toma ahora una triple dirección:
1. En el mundo de la producción industrial capitalista y de las finanzas especulativas-aventureras, así como
2. en la intensificación del dominio militar, con su inaudita devastación de los recursos materiales y humanos, incluyendo la desvergonzada imposición de nuevas guerras imperialistas en nombre de la “democracia” y la “libertad”, y
3. literalmente, la base natural vital de nuestra propia existencia, es directamente atacada por la devastadora invasión del capital en el mundo natural en el cual los seres humanos deben sobrevivir o perecer.
De acuerdo con esto, dadas las condiciones de nuestra crisis global cada vez más profunda, no es exagerado afirmar que la supervivencia misma de la humanidad se está volviendo el principal dilema de nuestros tiempos.
La pregunta es entonces: ¿Qué se puede hacer al respecto y cómo?
Obviamente, en contraste con la perpetuación del capital firmemente enraizado y los intereses jerárquicos creados cumplidos, sólo una aproximación radicalmente socialista puede prometer algunas respuestas viables e históricamente sustentables a tan urgentes preguntas. Esto significa una aproximación basada en un apasionado compromiso con los objetivos humanos de un futuro mejor y basada al mismo tiempo también en una evaluación crítica del pasado. En otras palabras, los principios orientadores de una crítica no comprometida con el orden social reproductivo del capital debe ser combinada con las potencialidades creativas de la auto-crítica atendiendo no solo a las razones emanadas de los fracasos del pasado sino también a las tentaciones desviacionistas de la cotidianidad.
Como Isabel Rauber lo define y aclara en este texto, la perspectiva histórica del orden social al que debemos apuntar radica en la constitución consciente de una sociedad horizontal, creada sobre una base totalmente equitativa. El orden social capitalista es jerárquico en todo sentido, y como tal, es incorregible. Esto es por causa del modo en que operan las funciones de reproducción del metabolismo social del capital, que debido a sus más recónditas determinaciones sólo puede funcionar sobre la base del divorcio total de las funciones de control de producción y distribución de los individuos trabajadores cuyo papel se reduce a ejecutar las órdenes que les llegan desde arriba.
Consecuentemente, la abogada “ruptura y superación del dominio del capital” un requerimiento clave explicitado en el subtítulo de este libro es factible sólo restituyendo a los individuos sociales el control total sobre su actividad vital, superando la inhumana alienación y la irracionalidad fetichista que caracteriza el orden existente. Así, la gran tarea organizativa y creativa de la transformación radical que necesitamos es concebible sólo si es procurada “desde abajo”, a través de la participación más activa de las grandes masas del pueblo.
Una sociedad horizontal puede por lo tanto calificar para sus principales y definitorias características solamente si realmente tiene éxito en organizar y realizar su decisión vital haciendo procesos consistentemente, desde abajo, elaborando al mismo tiempo las formas y modalidades de coordinación a través de las cuales semejante principio orientador anti jerárquico puede abrazar los procesos vitales no sólo de relativamente pequeñas comunidades sino del todo social.
El título Dos pasos adelante, uno atrás denota que Isabel Rauber no se hace ilusiones, ni nada por el estilo, sobre una rápida solución a estos problemas, como fue erróneamente sugerido en proyecciones vanguardistas sectarias y mecanicistas en el pasado. Ella deja muy claro a lo largo de su libro que tenemos que enfrentar un cambio civilizatorio fundamental, requiriendo una larga transición desde el orden existente hacia uno que puede ser constituido en el presente y el futuro por la gran mayoría del pueblo.
A este respecto, el punto de partida necesario es la indefinida y positivamente sustentable relación entre los seres humanos y la naturaleza. En este vital sentido:
“La vida, más que la razón, nos convoca a abrir paso a las nuevas concepciones acerca del progreso, el bienestar social e individual, y a re-pensar estos temas en función de la armonía/equilibrio ser humano-naturaleza, asumiendo que la sobrevivencia humana es inseparable de la naturaleza. Es la vida –y no la economía , la que ocupa en esta concepción la órbita central articuladora de un nuevo modo de construcción y organización del metabolismo social, económico, político, cultural, conjugadamente con la practica universal de una nueva ética de convivencia humana en su reencuentro con la naturaleza.”
Esta es la base natural y social sobre la cual debe ser lograda la transición radical al nuevo orden social, sin importar cuán difícil pueda ser el proceso de reestructurar el marco de trabajo estructural jerárquico establecido por el capital. Pues un proceso transformador cualitativo de esta magnitud requiere de una dedicación consciente del pueblo a esta histórica tarea. Así es como Isabel Rauber lo plantea:
“La transición nace en las entrañas mismas del capitalismo, pero no espontáneamente (de un modo “natural”) ni por acumulación de reformas parciales; requiere de un articulado e integral proceso consciente. …la lucha contra la lógica del capital necesita ir articulada a la construcción de la lógica horizontal liberadora, revolucionaria, parte del proceso de construcción de la (nueva) sociedad horizontal. Requiere de la voluntad y la participación organizada y crecientemente consciente de todos los actores sociales y políticos cuya actividad cuestionadora forja el proceso mismo.”
Al mismo tiempo Rauber insiste también, y correctamente, que este proceso de reestructurar nuestro modo de reproducción social jerárquico e inamovible debe empezar ahora mismo, en vez de “esperar el momento y las circunstancias favorables”.
Igualmente, ella subraya repetidamente en el libro que es absolutamente necesario emprender una revalorización crítica de las experiencias socialistas del siglo XX en pos de una solución positiva a los problemas a enfrentar en el futuro. Esta reevaluación debe incluir la simultánea constitución de una práctica política más viable y la reorientación de los actores militantes de nuestro tiempo:
“Una nueva concepción de la política y la acción política demanda también de un nuevo tipo de militante, con una lógica que modifique de raíz lo que hasta ahora se suponía era su “razón de ser” y actuar. … Se trata de una militancia consecuente con las propuestas que levanta, impuesta de que los desafíos socio-transformadores no son tarea de élites mesiánicas, sino que reclaman la participación protagónica plena de las mayorías conscientes.”
Y, para resaltar la relevancia del proceso transformador tal como se revela en diferentes partes de América Latina, ella cita las palabras de Joao Pedro Stédile, uno de los líderes profundamente comprometidos del Movimiento Sin Tierra de Brasil (MST), un movimiento innovador y en todo sentido verdaderamente basado en las masas:
“Necesitamos colocar nuestras energías para ir hacia donde el pueblo vive y trabaja, y organizarlo. (...) Sin organizar al pueblo no se va a ningún lugar, y muchas veces [parte de la militancia] se ilusiona con eternas reuniones de cúpula o meros discursos explicativos acerca de la coyuntura.”
Los cambios que se prevé surjan y se consoliden en el curso de este desarrollo, están indudablemente llamados a ser fundamentales. Pero precisamente por esa razón, tales cambios pueden ser logrados con éxito solamente si el nuevo orden reproductivo social en su proceso de construcción por las grandes masas del pueblo es –y se mantiene- positivamente horizontal tanto en sus partes constituyentes como en su cohesión general. Y eso es factible solamente si la transición cualitativa reestructuradora requerida tiene lugar desde abajo, constituyendo conscientemente “desde los seres humanos concretos” el actor colectivo de la transformación revolucionaria sobre una base totalmente equitativa, y también si retiene una igualdad sustantiva como principio seminal regulativo del nuevo modo de reproducción metabólica social habitual.
De esta manera la dimensión política vital del proceso transformador está estrechamente integrada con la dimensión social y cultural de la vida cotidiana de la gente. Para citar algunos de los pasajes del libro de Isabel Rauber:
“Esta transición tiene entre sus tareas centrales la construcción de poder político cultural popular desde abajo, simultáneamente herramienta y camino para la construcción del actor colectivo, la fuerza social revolucionaria del cambio y su organización política, impulsado por la participación democrática de los pueblos, y cohesionado inicialmente mediante definiciones programáticas estratégicas que orienten y contribuyan a hacer confluir y enlazar los procesos de lucha y transformación que nacen en los ámbitos comunitarios locales con los que tienen lugar en otras dimensiones y ámbitos. …Por tanto, toda revolución social desde abajo (radical) tiene como centro y punto de partida a los seres humanos concretos que integran una sociedad concreta en un momento histórico determinado; de ahí que sea imprescindible enfocar el proceso socio-transformador en su integralidad y profundidad multidimensional e intercultural. Esta complejidad del proceso es parte sustantiva, característica de las revoluciones desde abajo , creadas y protagonizadas por los pueblos. Tales son las revoluciones sociales del siglo XXI.”
Entretanto, los cantos de sirena para “salvar el sistema”, proclamados a los cuatro vientos por las personificaciones ideológicas del capital, van a sonar más alto, mientras las contradicciones del orden establecido reafirman su carácter destructivo con creciente intensidad. El reto histórico de transformación radical está por lo tanto haciéndose más urgente cada día. El libro de Isabel Rauber Dos pasos adelante, uno atrás, en manos del lector, es una contribución muy importante a encontrarse con él."
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
Que lo leamos sin prejuicios, recordando que nadie tiene el monopolio de la verdad.
Oscar Lépiz Villegas
El nuevo libro de Isabel Rauber aborda las búsquedas de una nueva civilización
Dos pasos adelante, uno atrás
István Mészáros
Rebelión
Publicado por Editorial Vadell, Caracas. Puede adquirirse en: http://www.vadellhermanos.com/html/novedades.asp
Dos pasos adelante, uno atrás está prologado por István Mészáros, cuyas reflexiones se exponen a continuación:
"Trataron de negar, hasta el último minuto incluso, la más remota posibilidad de una crisis estructural fundamental del orden de reproducción establecido por el capital. Se esperaba que todos creyéramos que “el mercado siempre se encarga de todo”. Se suponía que los problemas cíclicos periódicos sólo iban a “mejorar la eficiencia del mercado” para beneficio de todos, y así asegurar la dominación del sistema capitalista para siempre.
Sin embargo, a pesar de todos los consuelos preconcebidos, el mercado falló en aquello de “ocuparse de todo”. Al contrario, una masiva crisis financiera global explotó, empujando al Estado capitalista a intervenir en la economía del mundo –contradiciendo directamente los tradicionales principios propagandísticos del idealizado “mercado libre” del “sistema privado de empresas”- con la astronómica cifra de trillones de dólares inyectados a bancos catastróficamente defectuosos y a otras enormes empresas en bancarrota, incluyendo las gigantescas compañías de autos americanas.
Algunas “personificaciones ideológicas del capital”, como los editores de la revista semanal mas influyente en ese campo, The economist, gritaron alto en la portada de su publicación: “Salven el sistema”. Y, para estar seguros, las autoridades estatales en cada uno de los principales países capitalistas hicieron todo lo que estaba en su poder para salvar, tanto como pudieran, al sistema. Y, como era de esperar, hemos sido testigos una vez más de la cínica “nacionalización” de la quiebra capitalista.
Pero incluso, tras la multi-trillonaria inyección de dólares de las operaciones de rescate estatales a la economía mundial capitalista generadoras de endeudamientos crónicos en todos lados, a ser pagados de alguna manera en el futuro- los problemas se resisten a ser resueltos. De hecho empeoran aún más porque las graves determinaciones estructurales subyacentes y las contradicciones de la crisis global son evitadas como las plagas. Las acciones de recuperación están permitidas estrictamente con el propósito de manipular los síntomas, pero se les prohíbe ocuparse de las causas de su empeoramiento.
Al mismo tiempo incontables millones de trabajadores son expulsados del “mercado laboral” para reconstituir mediante las miopes e irracionales prácticas de los llamados “ajustes de plantilla” la inhumana “racionalidad” de la cancerosa expansión del capital a cualquier costo. Esto debe ser perseguido según el orden socioeconómico establecido incluso si eso significa automáticamente ignorar la verdad elemental que las grandes masas de trabajadores que son despedidos para una producción rentable, se necesitan también para un consumo rentable.
De esta manera la producción de despilfarro y destructividad toma ahora una triple dirección:
1. En el mundo de la producción industrial capitalista y de las finanzas especulativas-aventureras, así como
2. en la intensificación del dominio militar, con su inaudita devastación de los recursos materiales y humanos, incluyendo la desvergonzada imposición de nuevas guerras imperialistas en nombre de la “democracia” y la “libertad”, y
3. literalmente, la base natural vital de nuestra propia existencia, es directamente atacada por la devastadora invasión del capital en el mundo natural en el cual los seres humanos deben sobrevivir o perecer.
De acuerdo con esto, dadas las condiciones de nuestra crisis global cada vez más profunda, no es exagerado afirmar que la supervivencia misma de la humanidad se está volviendo el principal dilema de nuestros tiempos.
La pregunta es entonces: ¿Qué se puede hacer al respecto y cómo?
Obviamente, en contraste con la perpetuación del capital firmemente enraizado y los intereses jerárquicos creados cumplidos, sólo una aproximación radicalmente socialista puede prometer algunas respuestas viables e históricamente sustentables a tan urgentes preguntas. Esto significa una aproximación basada en un apasionado compromiso con los objetivos humanos de un futuro mejor y basada al mismo tiempo también en una evaluación crítica del pasado. En otras palabras, los principios orientadores de una crítica no comprometida con el orden social reproductivo del capital debe ser combinada con las potencialidades creativas de la auto-crítica atendiendo no solo a las razones emanadas de los fracasos del pasado sino también a las tentaciones desviacionistas de la cotidianidad.
Como Isabel Rauber lo define y aclara en este texto, la perspectiva histórica del orden social al que debemos apuntar radica en la constitución consciente de una sociedad horizontal, creada sobre una base totalmente equitativa. El orden social capitalista es jerárquico en todo sentido, y como tal, es incorregible. Esto es por causa del modo en que operan las funciones de reproducción del metabolismo social del capital, que debido a sus más recónditas determinaciones sólo puede funcionar sobre la base del divorcio total de las funciones de control de producción y distribución de los individuos trabajadores cuyo papel se reduce a ejecutar las órdenes que les llegan desde arriba.
Consecuentemente, la abogada “ruptura y superación del dominio del capital” un requerimiento clave explicitado en el subtítulo de este libro es factible sólo restituyendo a los individuos sociales el control total sobre su actividad vital, superando la inhumana alienación y la irracionalidad fetichista que caracteriza el orden existente. Así, la gran tarea organizativa y creativa de la transformación radical que necesitamos es concebible sólo si es procurada “desde abajo”, a través de la participación más activa de las grandes masas del pueblo.
Una sociedad horizontal puede por lo tanto calificar para sus principales y definitorias características solamente si realmente tiene éxito en organizar y realizar su decisión vital haciendo procesos consistentemente, desde abajo, elaborando al mismo tiempo las formas y modalidades de coordinación a través de las cuales semejante principio orientador anti jerárquico puede abrazar los procesos vitales no sólo de relativamente pequeñas comunidades sino del todo social.
El título Dos pasos adelante, uno atrás denota que Isabel Rauber no se hace ilusiones, ni nada por el estilo, sobre una rápida solución a estos problemas, como fue erróneamente sugerido en proyecciones vanguardistas sectarias y mecanicistas en el pasado. Ella deja muy claro a lo largo de su libro que tenemos que enfrentar un cambio civilizatorio fundamental, requiriendo una larga transición desde el orden existente hacia uno que puede ser constituido en el presente y el futuro por la gran mayoría del pueblo.
A este respecto, el punto de partida necesario es la indefinida y positivamente sustentable relación entre los seres humanos y la naturaleza. En este vital sentido:
“La vida, más que la razón, nos convoca a abrir paso a las nuevas concepciones acerca del progreso, el bienestar social e individual, y a re-pensar estos temas en función de la armonía/equilibrio ser humano-naturaleza, asumiendo que la sobrevivencia humana es inseparable de la naturaleza. Es la vida –y no la economía , la que ocupa en esta concepción la órbita central articuladora de un nuevo modo de construcción y organización del metabolismo social, económico, político, cultural, conjugadamente con la practica universal de una nueva ética de convivencia humana en su reencuentro con la naturaleza.”
Esta es la base natural y social sobre la cual debe ser lograda la transición radical al nuevo orden social, sin importar cuán difícil pueda ser el proceso de reestructurar el marco de trabajo estructural jerárquico establecido por el capital. Pues un proceso transformador cualitativo de esta magnitud requiere de una dedicación consciente del pueblo a esta histórica tarea. Así es como Isabel Rauber lo plantea:
“La transición nace en las entrañas mismas del capitalismo, pero no espontáneamente (de un modo “natural”) ni por acumulación de reformas parciales; requiere de un articulado e integral proceso consciente. …la lucha contra la lógica del capital necesita ir articulada a la construcción de la lógica horizontal liberadora, revolucionaria, parte del proceso de construcción de la (nueva) sociedad horizontal. Requiere de la voluntad y la participación organizada y crecientemente consciente de todos los actores sociales y políticos cuya actividad cuestionadora forja el proceso mismo.”
Al mismo tiempo Rauber insiste también, y correctamente, que este proceso de reestructurar nuestro modo de reproducción social jerárquico e inamovible debe empezar ahora mismo, en vez de “esperar el momento y las circunstancias favorables”.
Igualmente, ella subraya repetidamente en el libro que es absolutamente necesario emprender una revalorización crítica de las experiencias socialistas del siglo XX en pos de una solución positiva a los problemas a enfrentar en el futuro. Esta reevaluación debe incluir la simultánea constitución de una práctica política más viable y la reorientación de los actores militantes de nuestro tiempo:
“Una nueva concepción de la política y la acción política demanda también de un nuevo tipo de militante, con una lógica que modifique de raíz lo que hasta ahora se suponía era su “razón de ser” y actuar. … Se trata de una militancia consecuente con las propuestas que levanta, impuesta de que los desafíos socio-transformadores no son tarea de élites mesiánicas, sino que reclaman la participación protagónica plena de las mayorías conscientes.”
Y, para resaltar la relevancia del proceso transformador tal como se revela en diferentes partes de América Latina, ella cita las palabras de Joao Pedro Stédile, uno de los líderes profundamente comprometidos del Movimiento Sin Tierra de Brasil (MST), un movimiento innovador y en todo sentido verdaderamente basado en las masas:
“Necesitamos colocar nuestras energías para ir hacia donde el pueblo vive y trabaja, y organizarlo. (...) Sin organizar al pueblo no se va a ningún lugar, y muchas veces [parte de la militancia] se ilusiona con eternas reuniones de cúpula o meros discursos explicativos acerca de la coyuntura.”
Los cambios que se prevé surjan y se consoliden en el curso de este desarrollo, están indudablemente llamados a ser fundamentales. Pero precisamente por esa razón, tales cambios pueden ser logrados con éxito solamente si el nuevo orden reproductivo social en su proceso de construcción por las grandes masas del pueblo es –y se mantiene- positivamente horizontal tanto en sus partes constituyentes como en su cohesión general. Y eso es factible solamente si la transición cualitativa reestructuradora requerida tiene lugar desde abajo, constituyendo conscientemente “desde los seres humanos concretos” el actor colectivo de la transformación revolucionaria sobre una base totalmente equitativa, y también si retiene una igualdad sustantiva como principio seminal regulativo del nuevo modo de reproducción metabólica social habitual.
De esta manera la dimensión política vital del proceso transformador está estrechamente integrada con la dimensión social y cultural de la vida cotidiana de la gente. Para citar algunos de los pasajes del libro de Isabel Rauber:
“Esta transición tiene entre sus tareas centrales la construcción de poder político cultural popular desde abajo, simultáneamente herramienta y camino para la construcción del actor colectivo, la fuerza social revolucionaria del cambio y su organización política, impulsado por la participación democrática de los pueblos, y cohesionado inicialmente mediante definiciones programáticas estratégicas que orienten y contribuyan a hacer confluir y enlazar los procesos de lucha y transformación que nacen en los ámbitos comunitarios locales con los que tienen lugar en otras dimensiones y ámbitos. …Por tanto, toda revolución social desde abajo (radical) tiene como centro y punto de partida a los seres humanos concretos que integran una sociedad concreta en un momento histórico determinado; de ahí que sea imprescindible enfocar el proceso socio-transformador en su integralidad y profundidad multidimensional e intercultural. Esta complejidad del proceso es parte sustantiva, característica de las revoluciones desde abajo , creadas y protagonizadas por los pueblos. Tales son las revoluciones sociales del siglo XXI.”
Entretanto, los cantos de sirena para “salvar el sistema”, proclamados a los cuatro vientos por las personificaciones ideológicas del capital, van a sonar más alto, mientras las contradicciones del orden establecido reafirman su carácter destructivo con creciente intensidad. El reto histórico de transformación radical está por lo tanto haciéndose más urgente cada día. El libro de Isabel Rauber Dos pasos adelante, uno atrás, en manos del lector, es una contribución muy importante a encontrarse con él."
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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